La Navidad es, por antonomasia, la época de la abundancia. Las mesas se llenan de preparaciones ricas en grasas, azúcares refinados y harinas, creando un entorno donde el comer de más se normaliza y, a menudo, se fomenta. Para los niños, cuyo sistema digestivo y mecanismos de autorregulación del hambre aún están en desarrollo, este exceso no es trivial. Lo que comienza como un gusto estacional puede derivar en malestares inmediatos y en la consolidación de hábitos poco saludables a largo plazo. Entender los riesgos y aprender a gestionar la ingesta es fundamental para que las festividades no dejen una huella negativa en el bienestar infantil.

El entorno navideño y la pérdida de hábitos

Durante el mes de diciembre, las rutinas escolares y domésticas suelen relajarse. Esto incluye no solo los horarios de sueño, sino también la estructura de las comidas. Los niños se ven expuestos a lo que los nutricionistas llaman un entorno obesogénico: una disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados que son diseñados para ser extremadamente sabrosos pero poco nutritivos, como turrones, chocolates, panetones, por mencionar algunos.

La publicidad, los regalos comestibles y la permisividad de los adultos bajo el lema: es solo una vez al año, fomentan un consumo que ignora las señales biológicas de saciedad del niño.

Daños y consecuencias del exceso de comida

El impacto de la sobrealimentación navideña se manifiesta en tres niveles: inmediato, metabólico y conductual.

1.      Consecuencias inmediatas (Agudas)

Estas son las alteraciones que se perciben en corto plazo, y pueden crear malestar en el niño.

  • Trastornos gastrointestinales. El síntoma más común es la dispepsia o indigestión, acompañada de náuseas, dolor abdominal, estreñimiento o diarrea. El exceso de grasas ralentiza el vaciado gástrico, provocando pesadez extrema.
  • Alteraciones del sueño. Las cenas copiosas y el consumo de azúcar y cafeína que se encuentran en refrescos y chocolates afectan la calidad del sueño. Un niño con picos de glucosa nocturnos tendrá dificultades para conciliar el sueño y estará irritable al día siguiente.
  • Alergias e intolerancias. La Navidad introduce alimentos que los niños no consumen habitualmente, como los frutos secos, mariscos, colorantes artificiales, lo que incrementa el riesgo de reacciones alérgicas no diagnosticadas previamente.

2.      Impacto metabólico y de salud

El consumo masivo de turrones, chocolates y refrescos provoca picos de glucosa en sangre, entre otras condiciones de salud. En los niños, este proceso suele manifestarse de diferentes maneras.

  • Hiperactividad e irritabilidad. Los cambios bruscos de glucemia afectan el comportamiento y el estado de ánimo.
  • Picos de insulina. El consumo masivo de azúcares simples provoca una respuesta insulínica agresiva. Si esto se repite durante las dos o tres semanas que duran las fiestas, se puede observar un aumento de peso significativo que, en niños con predisposición, es difícil de revertir.
  • Salud dental. La exposición prolongada a azúcares pegajosos aumenta drásticamente el riesgo de caries rampantes.
  • Reducción de glóbulos blancos. Los glóbulos blancos ayudan a combatir las bacterias, así que la reducción de su producción puede hacer que los niños sean más susceptibles a resfriados o gripes.

3.      Impacto conductual y psicológico

Una dieta inapropiada puede hacer mucho más que aumentar de peso o la presencia de caries repentinas; puede afectar la conducta del niño y su relación con la comida.

  • Relación emocional con la comida. Utilizar los dulces como premio o centro de la celebración enseña al niño que la comida es la principal fuente de gratificación emocional, sentando las bases para futuros trastornos por atracón o ansiedad por la comida.

Cómo controlar la ingesta. Estrategias para padres

El objetivo no es prohibir, sino gestionar. La restricción absoluta suele generar más ansiedad y deseo por el alimento prohibido, lo que dificulta el control de la ingesta de alimentos.

La regla del plato equilibrado

Incluso en Navidad, el plato del niño debe seguir una lógica nutricional. Se recomienda que al menos la mitad del plato contenga vegetales, como ensaladas con colores atractivos o cremas de verduras. Esto garantiza un aporte de fibra que generará saciedad antes de llegar a los postres.

Control de las porciones de dulces

En lugar de dejar la bandeja de dulces en el centro de la mesa durante toda la tarde, es mejor seleccionar una porción pequeña y servirla en un plato individual. Esto ayuda al niño a visualizar cuánto está consumiendo.

La hidratación como prioridad

Muchas veces, los niños confunden la sed con el hambre. El agua debe ser la bebida principal en la mesa. Los refrescos y jugos industriales deben limitarse a momentos puntuales del brindis, evitando que sean la fuente de hidratación durante toda la comida.

Mantener la actividad física

La Navidad no debe ser puramente sedentaria. Fomentar juegos al aire libre, paseos familiares para ver las luces o actividades deportivas ayuda a compensar el exceso calórico y mejora la digestión.

El papel del ejemplo adulto

Los niños imitan lo que ven. Si los padres mantienen una actitud de voracidad o comen de forma desordenada, es poco probable que el niño aprenda a moderarse. Practicar la alimentación consciente al comer despacio, saborear y detenerse al estar satisfecho es una lección de salud que los padres deben modelar.

La clave de la Navidad con niños no es la restricción severa, que solo genera deseo y rebeldía, sino la exposición controlada. Un niño que disfruta de una cena especial, pero que mantiene una base nutricional sólida y una rutina de actividad, no sufrirá las consecuencias de los excesos. Como padres, el objetivo es enseñarles que la fiesta reside en la compañía y la tradición, y que la comida es solo un complemento de la celebración, no el eje central que pone en riesgo su bienestar.

 

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